Martes, 27 de septiembre de 2022

Anoche, antes de subir a acostarme y leer a Susan Fenimore Cooper, saqué el telescopio al jardín. Hacía una noche fresca pero agradable aún y el cielo estaba muy limpio. Pude observar, al fin, Júpiter. La magnitud, rozando los -3, hacía que casi deslumbrara su luz a través de la óptica. Las bandas ecuatoriales del planeta se distinguían perfectamente, aunque la calidad de mi telescopio no me permitía distinguir la Gran Mancha Roja de la Banda Ecuatorial Sur. En cambio, tuve la fortuna, por pura casualidad, de asistir a la salida de Ío tras el planeta. Asimismo, pude contemplar las otras dos lunas interiores, Europa y Ganímedes, así como, un poco más lejos, la exterior Calisto. Un poco por cambiar de aires, dirigí entonces mi atención unos grados más arriba en el plano de la eclíptica, hasta toparme con Saturno que, con su magnitud cercana a 1, me resultaba por comparación oscuro y saturnino, aunque siempre queda uno asombrado de contemplar su sistema de anillos.

Me están entrando ganas de madrugar un poco mañana y observar el tránsito de Ganímedes, aunque dudo mucho que con mi telescopio, casi de juguete, se llegue a apreciar la sombra que el satélite proyectará sobre Júpiter.

Hoy nos entretuvimos algo más en el paseo y, a la vuelta, aparte de los habituales de estos días pudimos escuchar al escribano soteño y al colirrojo tizón. Y a media mañana, desde casa, se oía el ti-ti de un petirrojo. La temperatura de esta madrugada no llegó a bajar de los 6° C y, poco antes de salir el sol, se observaban sus rayos como en la bandera imperial japonesa.

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