Introducción

 

Esta mañana recogí un pequeño herrerillo que había chocado contra una de las ventanas de la casa. En un primer momento traté, inútilmente, de encaramarlo en lo alto de un árbol, pero enseguida comprendí que el pobre animal debía de haberse roto una pata y puede que también un ala. Lo cogí con una mano y entré en casa mientras con la otra buscaba una caja de zapatos que le sirviera de refugio y protección frente a mis perros que, por fortuna, no se enteraron de nada. Llevé la caja a una habitación a oscuras, me hice con un tapón que hiciera las veces de bebedero, busqué el teléfono del centro de recuperación de aves e investigué en la aplicación de SEO/Birdlife qué comen estos bichillos aparte de insectos, que tampoco era plan de ponerme a cazar moscas.

Es curioso el odio que un pájaro de tan pequeño tamaño puede profesarnos. Siempre se dice que cuando se rescata un animal salvaje hay que tratar de interactuar lo menos posible con él, a fin de que no se establezca ningún vínculo, pues una vez reintroducido en la naturaleza, una afinidad o querencia por el ser humano pueden resultarle fatales, no en vano somos la especie más despreciable de cuantas han pisado la faz del planeta. Sin embargo, una parte de mí no podía evitar desear que el pajarillo comprendiera que todo lo que estaba haciendo lo hacía con intención de salvarlo. Buscaba su aprobación mientras él me devolvía miradas furibundas y picotazos cada vez más débiles.

Al volver con unas bayas en un platito de café, había pequeñas manchas de sangre en el papel que coloqué en el fondo de la caja y la respiración del ave era cada vez más forzada, así que cuando salí de la ducha la intuición me adelantó lo que me iba a encontrar. Rápidamente saqué todos los recipientes de la caja y llevé el cuerpo a la entrada de la madriguera de zorro que descubriera el invierno anterior con la cámara de fototrampeo, a menos de doscientos metros de la casa. Cuando regresaba con la caja vacía me adelantó Marta, que volvía del trabajo.

Por la tarde fuimos a la piscina y en un momento dado debí de quedarme abstraído. Ella estaba secándose fuera, mientras yo permanecía en el agua pero apoyado en el borde. En qué pensabas. En el pobre herrerillo. Ya, cuando llegué se te notaba muy triste. Tendremos que buscar alguna solución para las ventanas.

 

Este diario va dedicado a él.

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