Miércoles, 28 de septiembre de 2022
Finalmente me levanté media hora antes de lo habitual para tratar de observar el tránsito de Ganímedes. Como no podía ser de otra manera, una capa de nubes altas velaba prácticamente todo el cielo, especialmente hacia el oeste, donde se encontraba Júpiter. Apenas si se apreciaban las bandas ecuatoriales, que la otra noche se mostraban con absoluta nitidez. Por el momento, me quedo con la duda de si habría sido capaz de ver la sombra del satélite con mi pequeño telescopio galileano.
Pero a cambio el día nos regaló, durante los primeros minutos del paseo, la presencia de un cárabo, cuyo canto no habíamos tenido la fortuna de escuchar desde hacía meses. Es curioso lo que ha ocurrido con esta especie en los últimos años. Desde que cambiaron la iluminación nocturna de incandescencia, basada en lámparas de sodio (color anaranjado) por unas nuevas con tecnología LED (color blanco), los anteriormente tan comunes cantos del cárabo, que se oían casi todas las noches, han quedado relegados a unas pocas veces al año. Antes, incluso, ciertas noches alguno se posaba sobre nuestro tejado, entrando su tétrica melodía a través del conducto de ventilación del baño, por lo que lo oíamos como si estuviera dentro de casa. Y cuántas noches cogíamos el sueño escuchándolos en la lejanía. Sin embargo, desde que se produzco el cambio de iluminación, enmudecieron.
Soy consciente de que correlación no implica necesariamente causalidad, pero la coincidencia me hizo interesarme por el tema, hasta que di con una publicación de la iniciativa Starlight, dependiente del Instituto de Astrofísica de Canarias, en asociación con la UNESCO, la Unión Astronómica Internacional y la Organización Mundial del Turismo, entre otros. En este documento se hacía referencia al impacto que tiene la luz blanca: las emisiones nocturnas de luces con longitudes de onda inferiores a los 470 nm (temperatura mayor de 2700 K) son perjudiciales para los ritmos cicardianos, afectando tanto a la biodiversidad como a la salud humana, por lo que nunca se debería utilizar iluminación nocturna con emisiones por debajo de los 500 nm. En la publicación se exponían, además, varios ejemplos de especies afectadas por la contaminación lumínica como aves migratorias desorientadas, ya que se guían por las estrellas; de tortugas marinas desorientadas por las luces de las playas y que llegan a morir deshidratadas; de alteraciones en el ciclo del plancton, con sus consecuencias en el resto de especies marinas; de desequilibrios poblacionales en insectos o de desequilibrios predador-presa.
Con lo expuesto y, aunque es cierto que el cambio en la iluminación no parece haber afectado a otra rapaz nocturna como es la lechuza, que sigue acompañándonos gran cantidad de noches, creo que la correlación, en el caso del cárabo, puede tener algo de causalidad.
A la vuelta del paseo nos sobrevolaron infinidad de bandadas de cornejas, muy alteradas hoy. Se movían en grupos muy numerosos y, aparte de sus graznidos, hoy nos ofrecían su agudo y característico chillido. Aunque la temperatura era hoy de 7° C, el viento y la humedad hacían que se notara más fresco que la mañana anterior.

Comentarios
Publicar un comentario