Jueves, 13 de octubre de 2022
La luna va menguando, ovoide, en su carroza de chatarra, escribí hace un mes en uno de mis últimos poemas. Esta madrugada se repetía la estampa, con la luna cada vez más alejada del horizonte oeste. Su luz atravesaba el celaje de las encinas, creando sombras siniestras de ramas decrépitas por la sequía y el tétrico ulular de un cárabo lejano le añadía bastante fuerza a la escena. Ha sido un momento mágico entre tantos días aciagos.
El abedul del jardín está bastante perjudicado por la falta de agua y el calor anómalos para estas fechas. Ha perdido bastantes hojas. El haya no las ha perdido por su marcescencia, pero están prácticamente todas marrones, como en pleno invierno. Han pasado del verdor veraniego al ocre invernal, saltándose los bellos dorados otoñales que este año no disfrutaremos. Hasta el roble americano que, aunque lento, hasta ahora había crecido impertérrito a todas las adversidades, muestra los bordes de las hojas amarillentos, en lugar del vivo color rojizo que le correspondería de aquí a un par de semanas. Por suerte, la higuera que trasplanté el 31 de agosto está creciendo con mucha fuerza.
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