Miércoles, 12 de octubre de 2022
Subimos, atravesando el arroyo Peñas Gordas, que bajaba sin apenas caudal —con lo que nos costaba cruzarlo otras veces—, por los prados de La Maliza, y la zona boscosa por donde un rústico puente de troncos y tablas, ya en ruinas, cruzaba el río Cuerpo de hombre. Desde que el puente no es transitable, el paso se hace un poco antes, saltando unas rocas, con algo de dificultad, sobre todo cuando resbalan a causa de la humedad. Pero merece la pena porque, al otro lado del río, en una zona umbría aparecen unos majestuosos acebos de varios metros de altura, junto a unos imponentes abedules. Toda la zona está salpicada de robles y serbales de cazadores. Siguiendo la senda, llegamos hasta la hoya de Navamuño, desde donde pudimos observar los estragos causados por el fuego en el incendio forestal de este verano. Desde el Canchal de la Muela se extendía hacia el puerto de Navamuño, la cuerda de los Dos Hermanitos —casi hasta arriba del todo— y todo el valle por el que discurre el primer tramo del río, desde Hoya Tiñero hasta la misma entrada del bosque. Todos los árboles de la ribera mostraban daños, aunque daba la impresión de que algunos sobrevivirán. El fuego llegó a alcanzar la loma del Cascanueces. Por fortuna, consiguieron extinguirlo justo en la primera línea del pinar. Si hubiera llegado a entrar habría sido una catástrofe. Igualmente, en la parte baja, el fuego quedó a las puertas del bosque natural. Esquivando las vacas que pastaban por allí, para que Luna y Mendi no se arrancaran con el pastoreo, subimos por un nuevo cortafuegos hasta una canchalera al borde del camino de La Muela. Desde allí, aparte de otra perspectiva del incendio, pudimos contemplar unos majestuosos buitres leonados a muy poca altura que, en derredor nuestro utilizaban las térmicas para ascender. A cada vuelta sobre nosotros los veíamos cada vez más pequeños, hasta que prácticamente dejamos de verlos. Volvimos a bajar por donde habíamos subido y, justo antes de adentrarnos en lo más frondoso del bosque, paramos a comer junto a la Cueva de los Abdones, un pequeño abrigo natural donde nació D. Jerónimo Abdón Gómez-Rodulfo el 27 de Julio de 1809, huyendo sus padres y gran parte de la población bejarana de las tropas francesas.
Después de un breve tentempié, continuamos bajando hacia La Maliza. En la parte superior de este prado, decidimos continuar de frente, por una tenue vereda que nos llevó hasta la pista forestal que sube hacia el Cascanueces. Tomando el sentido contrario, avanzando entre el pinar primero y el robledal después, fuimos descendiendo hacia el aparcamiento. Varios robles de esta zona tienen un porte imponente, y alguno incluso está catalogado como árbol singular. Tengo un pequeño proyecto para fotografiar uno de estos robles en las cuatro estaciones —de momento tengo imagen de invierno, con una majestuosa nevada, y de verano—, pero el otoño no se muestra todavía con sus galas, por lo que tendré que volver en un mes aproximadamente. Realmente los árboles están sufriendo mucho este año. A pesar de que el suelo tenía mucha más humedad —alfombrado de hierba fresca y multitud de setas, especialmente en las zonas bajas y cercanas a los arroyos— que en la zona donde vivimos, los árboles se veían bastante dañados. Los robles presentaban muchas hojas completamente secas, con el borde exterior quemado en las que continúan verdes; los chopos y los abedules de mayor porte van aguantando el tirón, pero los más jóvenes estaban prácticamente secos o deshojados. Además de la sequía, el calor continuado y los récords de temperaturas más altas registradas están causando verdaderos estragos en la vegetación.
En este último tramo de la bajada pude aprovechar para recoger unas hermosas bellotas de roble que, tras pasar 24 horas en agua, irán, mediante la técnica de siembra directa, a repoblar nuestro deteriorado bosque mediterráneo. Hacía tiempo que no recogía tantas y de tanto tamaño. El último invierno, hice la prueba de siembra directa con unas bellotas de quejigo y germinaron todas, aunque la mala elección por mi parte de algunos emplazamientos y el terrible verano, hicieron que finalmente se secaran la mitad. He comprendido que, aunque a veces el porcentaje de germinación pueda ser menor, los arbolitos que superan ese primer verano tienen muchas más posibilidades de prosperar que con la siembra en brick y trasplante. Esta última técnica suele dañar mucho las raíces de los Quercus, con espiralizaciones que, una vez en suelo, impiden el normal crecimiento y desarrollo del árbol.
Una vez en el coche, nos acercamos a la fuente de El Regajo y aprovechamos para llevarnos 64 litros de agua de nuestra sierra.

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