Lunes, 7 de noviembre de 2022
Amaneció con niebla y 3 °C. En nuestro paseo de la mañana —con el cambio de hora, salimos con la misma luz con la que regresábamos a casa hace un mes— se observaban cientos de telarañas brillantes por las minúsculas gotas de rocío, coronando el monte bajo de cantuesos y retamas.
Hacia el mediodía se levantó un fuerte viento sur bastante frío.
Por la tarde volvimos a Castellanos a plantar otro puñado de arbolitos: otro peral de la variedad Cristal, de la misma procedencia; otro membrillo, de la misma procedencia; un arce campestre de semillas recogidas cerca del paraje de Llano Alto, en Béjar; y lo que creo que son dos manzanos de la variedad reineta —estaban sin etiquetar, y apenas conservaban hoja en buen estado, amén de que en los primeros años a veces se confunden con las de membrillo—.
Después del trabajo, dimos un paseo por los caminos de Castellanos, aprovechando las últimas luces y tuvimos la enorme suerte de encontrarnos con un gato montés.
A la vuelta, pudimos contemplar la luna llena saliendo, entre nubes, en la dirección del pueblo. Cuando nos íbamos para casa, ya completamente a oscuras, aparecía atravesada —la luna, digo— por una fina nube, de tal manera que recordaba a la mítica escena de Un chien andalou.
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