Miércoles, 9 de noviembre de 2022

 

 


Salimos al amanecer con 9 °C y humedad superior al 90%. Chispeaba. El tiempo sigue templado y húmedo. El campo debe de estar agradecido, acostumbrado como está en esta zona a pasar de los rigores del verano a los del invierno —y viceversa— sin apenas transición. El pasto, normalmente, apenas tiene tiempo de recuperarse de la sequía y el calor veraniegos y ya tiene que enfrentarse a las heladas, por lo que por aquí no solemos tener otoños tan verdes como este año. Ha tardado en llegar, quizás demasiado, pero de un mes a esta parte realmente no nos podemos quejar.

Tristemente, también de un mes a esta parte, nos acompaña todos los días el ruido de las motosierras. Me viene a la memoria un aforismo, creo recordar que de Ramón Eder —no recuerdo exactamente la forma, y en un aforismo tan importante como qué se dice es cómo se dice, ni siquiera estoy seguro de si es de Ramón Eder—, que dice algo así como que la música del bosque suele ser el ruido de las motosierras. Todos los años por estas fechas podemos escucharlas, pero este año es especialmente significativo, a causa de la crisis energética, que está llevando a mucha gente a desempolvar las viejas chimeneas y estufas de leña, lo que ha hecho aumentar los precios y, por ende, el nivel de extractivismo. Es lamentable comprobar cómo realizan esas podas salvajes de aprovechamiento —incluso en parques públicos—, casi desmoches, y prohibidas desde hace tiempo en otras comunidades autónomas como Extremadura. Cortan ramas de 30 o incluso 40 cm de diámetro, que en especies como la encina, casi la única en la mayoría de dehesas, tardarán años en cicatrizar y décadas en recuperar su porte, debido a su lento crecimiento. Dejan apenas cuatro ramas principales con un ridículo pompón en cada extremo y privan de sombra en verano durante años a cientos de hectáreas de terreno. Eso sumado a la costumbre de labrar las dehesas dos veces —o más— al año, impiden cualquier renovación posible de la masa forestal. Si no hay sotobosque, ni hay sombra siquiera bajo las copas de las encinas,  y cualquier nuevo arbolillo que se atreve a nacer es sesgado bajo las vertederas, poco futuro tiene nuestro campo charro, más allá de convertirse en eriales. Sin renovación y con encinas debilitadas y expuestas a enfermedades a través de sus enormes cicatrices,  teniendo cada año que hacer frente a la sequía durante más meses, la continuidad de las dehesas es bastante incierta. Luego, los mismos que destruyen el campo por mezquindad y maximización de beneficios económicos se llevan las manos a la cabeza y culpan a esa misteriosa enfermedad, la seca. Ellos son la seca. Entiéndaseme bien, no estoy en contra del uso de leña como combustible de calefacción, nosotros mismos nos calentamos en exclusiva con una chimenea durante los meses de invierno, a pesar de tener calefacción y caldera de gasóleo, pero considero que hay formas más sostenibles —aborrezco esa palabra por el sentido ecocapitalista que conlleva, pero creo que en este contexto se entiende lo que quiero decir— y racionales de gestión de nuestros campos y montes. Bill Mollison, biólogo y padre de la permacultura, dijo —en referencia a la agricultura actual, pero es trasladable al campo energético y a cualquier recurso natural— que el problema es que no es un sistema orientado a la producción de comida, sino a la producción de dinero. Creo que esta sentencia resume bastante bien lo que trato de decir.

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